Ni las raíces, ni las luces, ni las sombras.
Me siento brújula desimantada entre armónicos perdidos de un piano en llamas.
Tiempo hacía que no afilaba estas lanzas.
Lleno de ruidos que se derraman trazando surcos que la edad agrava.
Recupero el aliento en la cima de mis montañas, pero mientras trepo no hay hueco que no llene sentir esperanza.
Mi voz danza el quebrado llanto que con mi piano acompaño.
Me duelen las manos de tanto golpear en blanco y negro y con sufrimiento esculpo el silencio.
Y observo, montañas de palabras encapsuladas y a su vez catapultadas.
Paz en la soledad que me dibuja.
Respiración constante mientras reposo en la nostalgia.
Esta cárcel llena de mi sangre me abraza, me alimenta, me atrapa.
Mi piel estiro y no precisamente en sigilo.
Sigo cavando hacia adentro, busco la raíz, la semilla…
Busco tornarme tierra, agua y así…
«sembrarme»

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